Treinta años, prospere y coquete. Crísis de la edad y algunas ideas al respecto.

 El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El ‘mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciada­mente, soy Borges.

Nueva refutación del tiempo. Jorge Luis Borges

Psic. Jacob Ortega

Twitter: @lejacoboy

A veces, es buena idea voltear a ver los caminos por los que se ha transitado ya, hacer una segunda lectura de lo que se creía o pensaba a la luz de un momento distinto o de circunstancias nuevas; recordar lecciones aprendidas que siguen siendo valiosas o bien actualizar mandatos o creencias que están ya superados. Con esto en mente es que me puse a releer algunas cosas que he escrito en los últimos años y escribo aquí una versión actualizada de uno de esos textos. 

Cinco años es un buen tiempo para que a uno le pasen muchas cosas, a decir verdad muchas cosas pueden pasar en tan sólo unos cuantos minutos, pero también es verdad que uno puede pasar mucho tiempo en un bucle gigante donde los días son todos unos iguales a otros, me parece entonces prudente preguntarse ¿Hay tiempo para darse tiempo?

El tiempo no debe acelerarse, pero tampoco postergarse 

Y esto, aunque pueda parecer una verdad tautológica, en realidad entraña un delicado ejercicio de pensar en nosotres mismes, en nuestros deseos, en lo que queremos hacer con nuestra vida, porque no es saludable forzar situaciones, pero tampoco lo es postergarlas y aprender a conocer la diferencia es un trabajo que supone aprender a conocerse a sí misme. Hay tiempos para las cosas y puede ser verdad que muchas veces conviene darse un tiempo para pensar mejor tal o cual situación, tomarse un año sabático (cuando la economía da pa’ tal lujo), postergar una ruptura sentimental, extender la permanencia en un trabajo donde quizá no se esté del todo a gusto, dejar un viaje para un mejor momento o aplazar algún proyecto hasta que las circunstancias sean más óptimas.  Es más, a veces incluso puede resultar útil caer en la procrastinación activa y dejar para después algún deber por un par de días o por un tiempo determinado. Pero debemos tener cuidado de no creer  ciegamente en esos aforismos que nos dicen que siempre hay tiempo para todo, porque eso es mentira. Un mundo donde todo puede ser dejado para el día de mañana es un mundo inerte, uno en el que los procesos creativos , el arte, no tienen lugar porque siempre pueden ser aplazados.

Existe una ganancia en entender que nuestro tiempo es finito, quien no está consciente de que va a morir, creer que todo lo puede “hacer mañana”, que ya mañana puede comenzar a trabajar en algún proyecto, iniciar esa dieta que viene pensando desde hace dos años, buscar ese nuevo trabajo o terminar tal o cual proyecto. Lo cierto es que la vida nos demuestra a cada instante que no siempre hay tiempo para hacer lo que uno quisiera poder hacer, que existen las fechas límite, que las personas no van a esperar por siempre por nosotres, que no siempre hay tiempo para decirle a los demás lo que sentimos por elles. 

¿Toda decisión conlleva un costo? Toda decisión conlleva un costo

La forma en que entendemos ciertos designios y expectativas sociales también está cambiando. Aunque algunes sigan utilizando la palabra Millenial para denuesto de quienes no encarnan una serie de creencias, la verdad es que les millennials rondamos ya los treintas y de adolescentes no tenemos nada. Muches de nosotres sin embargo ya hace tiempo que comenzamos a preguntarnos sobre nuestro lugar en el mundo. Un mundo muy distinto al de nuestras madres y padres, pero donde ciertas creencias y expectativas sobre la edad adulta siguen más o menos vigentes. 

Aunque este texto se llame la crisis de los treinta, lo escribo pensando en esas cosas que me habría gustado que alguien me dijera cuando yo estaba en los veintes y por supuesto en todas las otras cosas que aunque se me dijeron, simplemente no pude o no quise escuchar. Ojalá le sirva entonces de algo tanto a les que están en sus veintes como a otres más grandes. 

La crisis de los treintas, no es estrictamente cumplir treinta años, es enfrentarse cara a cara con el propio deseo, con lo que se hace o deja de hacer para satisfacerlo, con los costos que une esta dispueste a pagar, con lo que la adultez significa en nuestra cultura y momento histórico.

¿Cómo llegamos a los treintas? 

Reflexionar sobre el tipo de experiencias que existen antes de los treinta puede ser de utilidad para utilizar esa información de manera que podamos entender en qué circunstancias es que las personas llegan a los treintas. Es claro que las experiencias de vida son distintas para cada persona, sin embargo hay ejes más o menos comunes y que se presentan de modo recurrente en la vida de muchas personas.  Los veintes son esa edad fabulosa en que muchas personas comienzan un trabajo, inician relaciones o continúan con esos amores de la adolescencia, con relaciones que iniciaron en la preparatoria o la universidad. En esta edad ser atractivo no suele ser demasiado complicado (aún cuando haya quien no se perciba así), existe algo en lo biológico que juega la mayoría de las veces a favor de las personas y son estas circunstancias las que pueden servir de suelo fértil para que crezca la idea de que siempre hay tiempo para hacer todo lo que se desea. 

En muchas ocasiones, esta idea crece a la par de la creencia de que basta con hacer lo que a uno le corresponde y que “lo mejor está por venir”, que no es necesario ningún esfuerzo extra, para que eso mejor llegue en cualquier momento. Puede existir el riesgo de interiorizar a tal nivel esta idea, que habrá quienes lleguen a pensar que todo lo merecen y que todo les será dado. Quien interioriza y hace suya esta creencia, vive entonces sin demasiadas preocupaciones, gasta por encima de sus ingresos, siempre desea tener el celular más nuevo, ropa que poder presumir o vive al límite sin pensar en la idea de consecuencias. Se instala entonces en una suerte de carpe diem mal entendido y consumista. 

Podría parecer que a los veintes, basta con un esfuerzo mínimo para obtener grandes retribuciones y en realidad puede ser que eso sea verdad para muchas personas jóvenes, en particular aquellos que disfrutan de poder seguir viviendo en el espacio familiar. En tales circunstancias con un salario muy bajo se puede salir cada fin de semana, comprar todo tipo de cosas, gastar en ocurrencias, es decir se puede tener acceso a una serie de beneficios que serían impensables para alguien que tiene que cubrir una renta, ayudar con el gasto familiar o mantener una familia. Sin embargo existe todo un sistema que le permite a las personas participar de esa suerte de irrealidad y mediante esa irrealidad encontrar el gozo. 

Es en esta irrealidad, es este carpe diem malentendido como le hemos llamado, en esta creencia de que todo se merece, es que las personas se adentran en un tiempo subjetivo. La crisis de la edad, puede llegar desde antes, puede aparecer a los veintiocho o veintinueve, quizá a los treinta y cuatro, llega en el momento en que las personas se dan cuenta de su edad y del tiempo que ha pasado desde la última vez que reflexionaron al respecto. Llega, [la crisis] con la pregunta: ¿Cómo se me pasó todo este tiempo? y ante la realidad de que cumplir cuarenta sucederá en un parpadeo. 

Y luego, si ya tengo treinta ¿qué?

Si durante los veintes se escoge vivir  bajo la premisa de que “para todo hay tiempo”, no sería extraño que alguien entrando a los treintas siga haciendo el mismo trabajo de adolescente que hacía a los 19 ó 20, pero en este momento existe la consciencia de que a menos que se haga un “algo extra” nada va a cambiar y que incluso puede que se continúe en el mismo lugar a los cuarenta. Es en esta circunstancia donde surge un reclamo interno, una voz poco sutil que grita: ¿Y todos los planes que tenías?, ¿todo eso que dijiste que querías hacer?, ¿No que le ibas a ayudar a tu familia cuando crecieras?, ¿no que querías vivir fuera del espacio familiar? o cualquier otra cosa que fuese parte de las cosas hasta ahora aplazadas  (Por favor note queride lectore que de lo que se habla aquí es de un proyecto de vida, tan único y singular como son las vidas mismas y de  todo aquello que no se hace no porque no existan las condiciones materiales, sino simplemente porque se deja “para después”).

Y para lidiar con la angustia siempre hay diferentes caminos, y cuál se escoja dependerá de muchos factores. Una alternativa que yo desaconsejo, es el reclamo al exterior, es poner la responsabilidad de nuestros actos en el exterior y recurrir al argumento de: es que el mundo no valora mis talentos, es que no me dan mi lugar. Y aquí insisto, para quienes sean despistades, no estoy hablando de las desigualdades sociales que vaya que existen, estoy hablando de esta imagen irreal que algunas personas pueden llegar a tener de sí mismas y que no se corresponda con los hechos, una separación de la realidad exterior y la realidad psíquica de quien recurre a este reclamo.

La angustia sin embargo puede encontrar un rumbo mucho más beneficioso, uno que proyecte hacia el futuro, un darse cuenta de que las cosas  no van a llegar solas, uno que cambie la actitud pasiva e inerte por una energizada, con movimiento, surge un entendimiento del valor intrínseco que hay en el esfuerzo, en la dedicación, en el tiempo que se invierte en proyectos. 

Habrá quienes a los treinta sí estén en un lugar parecido al que se imaginaban a esa edad, pero contrario a lo que se podría pensar, para quienes cumplen sus expectativas también hay un tipo de crisis, una de un orden distinto, pero que tiene que ver con preguntarse ahora qué sigue. Hay quien quizá esté comode y no tenga deseos de cambiar, pero hay también para quienes la falta de cambio es igual a dejar de estar vivos. 

Quien ha escogido poner la responsabilidad enteramente en el exterior, es probable que para lidiar con la angustia, escoja una suerte de regresión,  que de paso a un personaje que vive con las responsabilidades de alguien mucho más joven, alguien que no sabe cómo mantener una casa funcionando, ni cómo administrar adecuadamente su economía o cuidar de otres.

El otro camino, es el de apropiarse de la vida, de los propios deseos, hacer los esfuerzos necesarios para moverse hacia un lugar más parecido al que se desea, cuidar de une misme y de les otres, tomar terapia, quizá regresar a la escuela, comer distinto, cultivar amistades, en fin, orientar sus acciones a través de metas y objetivos y no sólo ir viviendo como una hoja al viento. 

A partir de este punto el valor que uno tiene pasa del aspecto exterior a una dimensión más íntima, es decir, el lugar en el mundo ya no está exclusivamente dado por sí se posee ropa costosa, o se pueden beber toda la noche sin emborracharse, o tener cosas materiales que poder presumir, más bien se ES por las elecciones que se toman, por la amabilidad que es capaz de mostrarle a les otres, por la dedicación que se ponen en los proyectos. Se escoge pues, el camino de la creación, aunque este camino suponga una gran cantidad de energía y compromiso, cuestionar mandatos sociales o familiares, elecciones laborales o incluso elecciones de pareja.

Pensarse como una persona adulta es hacerse un lugar en el mundo, cada quien escogerá  el camino que desee seguir, si se prefiere una vida estática o una dinámica con los retos y el compromiso que pueda suponer, pero también con las satisfacciones que significa responsabilizarse del deseo propio. Quizá ahora sea un buen momento para elegir activa y conscientemente el tipo de vida que se desea vivir, la persona que se quiere ser, y construir un proyecto de vida.  

¿Cómo saber si estás intenseando?

La frase suena por todos lados y con todas sus variantes: “estás intenseando”. Aunque honestamente no he encontrado que exista un verdadero consenso cultural al respecto. Me parece que no todos están de acuerdo en lo que significa aquello de intensear, es similar al Duvalín, todo mundo lo ha probado, pero poca gente sabe realmente qué es y me temo que yo tampoco estoy tan clara, así que haré mi mejor esfuerzo por no dejarte más confundido que como te encontré. Una gran diferencia es que cualquiera acepta feliz un Duvalín y en cambio, la acusación de estar siendo intenso da más miedo que la llorona, el coco y las declaraciones de impuestos, todos juntos.

Empezando por el principio, trataré de dar una definición: el asunto de intensear tiene que ver con una expresión emocional, eso creo que todos lo tenemos asentado ¿no?. La cosa es que la mentada expresión al parecer es “exagerada” a los ojos del que la presencia o la recibe, en pocas palabras vivimos en un mundo en el que los demás pueden decidir si estás sintiendo o expresando “demasiado”. ¿Ya cachaste lo ridículo del asunto? Si todavía no, ni te preocupes, porque me voy a seguir en esa línea hasta el final del artículo.

Esta onda de tenerle tanto miedo a la expresión de sentimientos pareciera ser bastante nueva dentro de nuestra cultura. La realidad no podría estar más lejos de ésto, sólo cambiamos de modalidad. El cliché es por demás conocido: los hombres no lloran porque se ven débiles y las mujeres no se enojan porque se ven feas (o al menos eso dicen, yo tengo una teoría bastante diferente en la que me dedicaré a ahondar otro día). Los que se rechazaban eran los sentimientos percibidos como negativos y sólo bajo condiciones extremas se validaba su emisión. Hasta Pepe el toro tuvo permiso de llorar, pero se le tuvo que morir el hijo para que eso sucediera, que por cierto, ¿sabías que en esa escena nunca grita “Torito”? Búscala, has vivido engañado todos estos años.

Claro que ese no cuenta como un momento exagerado e “intenso” ¿o sí?. Va de nuevo, aquí el problema es que estas cosas suelen ser decididas por alguien más, suena muy extremo que alguien acusara a otra persona de estar sobreactuando ante la experiencia de un hijo muerto, pero la metáfora es útil. ¿Cómo saber que ya te estás pasando? ¿Cuando le preguntas a la persona con la que llevas saliendo por 2 meses para dónde va la relación? ¿Y si sólo es un mes? o ¿qué tal si le mandas un mensaje al día siguiente de la primer cita? Nadie se ha dedicado a definir los protocolos de ligue, todos parecen decidir desde sus pequeños mares de inseguridades y miedo al compromiso. Si, leíste bien, todos esos que andan acusando a los demás de “intensear” son un montón de pequeños venaditos asustados.

De alguna manera hemos convertido la atracción y el afecto en algo negativo, bueno, realmente no, pero eso pareciera. Cada vez me encuentro más personas dispuestas a visitar regularmente al dentista que a exponerse mandando un mensaje de buenos días a la persona que les gusta. Es excelente que la salud bucal mexicana mejore tanto, pero qué tremendo desperdicio si no tienes quién bese esa perfecta y blanca sonrisa porque tus temblorosos dedos no logran presionar en “enviar”. ¿De dónde viene este terror a mostrarte interesado?

Hagamos esto fácil, si crees que es intenso decirle a alguien que te gusta, invitarle a salir, mandar un mensaje al día siguiente de una cita, ¡o hasta el mismo día si se te da la gana!, preguntarle qué busca contigo, hacia dónde va la relación o pedir las cosas que te gustaría que ocurrieran en ella. Hazte un gran favor y déjalo ir. Tienes derecho de manifestar tu interés y mereces encontrar a alguien a quien ésto no le resulte amenazante. Si no te gusta que esa personita con la que estás saliendo se desaparezca por días y al parecer te busque sólo cuando le conviene ¡dile! Si te choca que te deje en visto ¡dile! Y si mueres de ganas de verla ¡dile!. Lo peor que puede pasar es que no recibas lo que buscas y quedes entonces disponible para buscarlo en otra parte. Quien te tache de intenso por algo así, necesita ir a revisarse a sí mismo, no estás haciendo nada mal.

Si te amenazan con terminarte porque no contestaste un mensaje en 2 horas, si te llaman 35 veces mientras estás en el cine con el teléfono en silencio, si llegan a gritarte a las 3 de la mañana fuera de tu casa porque les dió un ataque de celos o si te acosan siguiéndote a la escuela o esperándote a que salgas del trabajo. ESO si es intenso, siéntete libre de reportarlo con las autoridades pertinentes y enviar al individuo en cuestión a evaluación psiquiátrica para que reciba la medicación que requiere. Deja de permitir que tu miedo al rechazo rija sobre tus decisiones, a todos nos mandan a volar de vez en cuando y siempre se supera. Te invito a hacer el experimento, manda ese mensaje que tanto miedo te da, descubre tu fuerza y con suerte puede que consigas una cita ardiente para el fin de semana. De verdad, por favor ya supérenlo; sentir, querer y desear es de seres humanos, si les falta drama en la vida, para eso está Netflix.






Haciendo propuestas que no te puedan rechazar (cómo negociar en pareja)

Confieso de una vez que hice publicidad engañosa, el título de este artículo es una estafa y yo soy una farsa completa. Las negociaciones exitosas en pareja justamente se fundamentan en que ambos rechacen las propuestas del otro. Así que puedes dejar de leer ahora mismo o tal vez darme la oportunidad de explicar por qué es buena idea que tu pareja te batee de vez en cuando.

Si te encantan las pelis de terror pero el novio las odia, mientras que aquél es fan de las comedias románticas que a ti te pueden causar vómito explosivo en cualquier momento, no tiene mucho sentido que terminen en esa corrosiva dinámica de forzarse mutuamente a ver las pelis del otro ¿no crees? Sin embargo, así es como la mayoría de las parejas toma el grueso de sus decisiones, así nos han enseñado a gestionar nuestras necesidades y deseos con nuestros seres queridos: “Yo te impongo o permito que me impongas”, obtener lo que queremos se vive como una constante pelea por el poder.

Aquí es cuando siempre cuento la historia de mi tía: cuando se casó, ella y su vato decidieron que la mejor idea para decorar su casa era que se dividieran las habitaciones entre los dos, cada uno tendría algunos espacios que le serían completamente exclusivos para acomodar y decorar como mejor le pareciera. El resultado, como podrás imaginar, fué catastrófico. La cocina que era propiedad de ella, se convirtió en el “Reino girasol”, porque le encantan y compró absolutamente todos los aditamentos e instrumentos de cocina que encontró con girasoles. Mientras tanto, el estudio que era de él parecía un set de película de Sherlock Holmes, victoriano y lúgubre. Al final, ambos detestaban la mitad de su casa y el hecho de que amaban la otra mitad, parecía poco relevante; al parecer aquello que odiamos tiene mucho más peso que lo que amamos, así que no se compensaba. Cuando se cambiaron de casa, decidieron decorar juntos todos los espacios y probablemente evitaron un divorcio con eso.

¿Por qué rayos intentamos estas divisiones y batallas extrañas entonces? Mi hipótesis es que tenemos una mala concepción de lo que debe ser individual y lo que debe ser conjunto cuando hacemos vida de pareja.

Por un lado, tenemos una cultura que nos enseña a amalgamarnos como si uno fuera las pasas y el otro el panqué (puedes cambiarlo por nueces si no te gustan las pasas). En nuestra sociedad, iniciar “bien” una vida juntos implica perder libertades, dejar atrás actividades deportivas, hobbies, clases, reuniones, pasiones y hasta relaciones con amigos o familia. Entonces comienza este argüende de obligar a la novia a ir contigo al estadio de fut los Domingos, porque a fin de cuentas ella te forzó a ir de compras el Sábado. Si tan sólo supieras que esa nostalgia que tienes mientras miras tu vaso de cerveza y piensas en tus cuates gritando contigo, orgullosamente uniformados con los colores de su equipo es la misma que tu novia siente cuando te modela 5 pares de zapatos diferentes y tú le contestas que “todos se le ven bien” …cómo se nota que no tienes idea de qué tacones se ven bien con pantalones de vestir, qué feo que seas así, deveras.

Lo que recomendaré a continuación va a sonar muy loco, pero puede funcionar: ¿y si en lugar de intentar sostener esos pocos resquicios de tu individualidad pegado como de la cadera a tu pareja, de verdad la conservaras? El chiste para negociar en pareja es aprender a pedir lo que queremos y necesitamos, con la consideración constante de que eso no puede imponerse sobre lo que quiera y necesite el otro. Además de tomar en cuenta que si no podemos cubrir todo lo que requiere, es muy válido que busque hacerlo con alguien más. Ojo: obvio dentro de los acuerdos que tengan, luego no anden diciendo que yo les di permiso de buscar afuera lo que no tienen en casa.

Para llegar como todo un campeón a buenos acuerdos ganar-ganar necesitas primero que nada, saber bien qué es lo que quieres, no andes pidiendo a lo loco que luego por eso te contradices o peor tantito, pides algo que ni querías y más horriblemente aún, te lo pueden hasta llegar a conceder. ¿Te acuerdas de esa vez en la que viste un video bien chistoso de unos lindos hurones y terminaste con una criatura apestosa, incontrolable y mordelona en tu casa? Bueno, imagínate qué espanto si encima ese ex tóxico te hubiera regalado al condenado hurón.


Ya que sepas lo que quieres, es hora de pedirlo claramente y si te sale, hasta de forma bonita. Hazte a la idea por favor de que esa es tu mitad y a continuación le toca a tu pareja la contraparte. Si no coinciden es momento de negociar, lo importante es que encuentren un terreno medio, siempre es mejor que ambos terminen con una opción que les guste aunque no les encante. Si lo que andas buscando es un estilo de vida en el que absolutamente todo sea como, cuando y donde lo quieres, recomiendo ampliamente una estable existencia de soltería, tal vez acompañado de un cactus que no te demande demasiado. Este asunto de meter al amor en nuestra vida, requiere mucho espacio.