¡Ni la biología es binaria!

The universe is not only queerer than we suppose, but queerer than we can suppose” – “El universo no sólo es más inusual (o queer) de lo que suponemos, sino más inusual de lo que podemos suponer”

JBS Haldane, Biólogo

Hombre y mujer, hembras y machos. Hoy en día existe una nueva ortodoxia que declara que existe un “diseño natural” binario de las especies, porque la Ciencia de la Biología así lo ha dictado. Como si fuera una especie de nueva biblia, los conceptos científicos—como los cromosomas sexuales—no pueden equivocarse y lo determinado biológicamente es infalible… (dicen).

Pero ¿neta?, ¿es verdad que una especie no puede dividirse en más de dos formas?, ¿es verdad que los cromosomas no se equivocan?

En corto, la respuesta es “no”—por el contrario—las especies vivas tienen una tendencia natural a crear siempre formas nuevas y los determinantes biológicos “se equivocan” todo el tiempo. Son éstas equivocaciones que le permiten a la vida evolucionar  y ser cada vez más compleja, cada vez más diversa y cada vez más hermosa.

Aquí va una corta clase de historia natural… síganme la corriente:

Cientos de tentáculos pegajosos capturan al pequeño pez, aún demasiado joven para morir, tuvo que recorrer casi diez metros de púas tóxicas que lo paralizaron antes de ser devorado por la lóbrega cavidad gástrica. Al asesino le dicen la fragata portuguesa y, además de ser un cruel depredador de los mares, es uno de los ejemplos más extremos de un interesante fenómeno biológico/evolutivo; uno que suele ser el destino de muchos organismos: El polimorfismo.

Resulta que la fragata portuguesa no es un solo individuo, sorprendentemente es una colonia de hermanos en la que cada uno tiene una función biológica distinta. Estos hermanos cambian su morfología completa hasta ser irreconocibles unos de otros, aun así viven todos juntos dividiendo el trabajo: el neumatóforo hace flotar a la colonia, los gastrozoides llevan a cabo la digestión, los dactilozoides capturan presas y defienden la colonia y los gonozoides se ocupan de la reproducción. ¡Todos compartiendo un mismo aparato digestivo!

Por monstruoso que suene, es sólo el extremo de un fenómeno bastante común. Otras especies naturales presentan polimorfismos funcionales como las colonias de abejas y las hormigas, con tres y hasta más castas con diferentes funciones biológicas, diferentes anatomías y diferentes comportamientos, con machos y hembras—sí—pero también otras formas sin capacidades reproductivas. Aún más interesante, es que se sabe que algunas colonias de hormigas controlan el destino anatómico de sus diferentes castas mediante el suplemento alimenticio de hormonas, las cuales modifican sus vías de desarrollo. (Te recomiendo leer el artículo de Markus, 2016, link al final de este artículo).

¡Más aún!, si lo pensamos un poco, sabremos que cada organismo pluricelular (como nosotros mismos) es una gran colonia de células polimórficas. Neuronas, células musculares, epiteliales,  cardiacas, estomacales, sanguíneas. Nuestro propio cuerpo es una gran colonia de hermanas que se han dividido el trabajo cambiando su propia morfología en un número infinito de formas diferentes. Y si escavamos todavía más adentro, hacia cada una de nuestras células, veremos que nuestros cromosomas son—de la misma manera—un conjunto polimórfico de seres diferenciados que se especializaron cada uno en una tarea específica para crear el microambiente que los rodea y que nosotros llamamos “células”.

Parece que el polimorfismo es, en realidad, una estrategia evolutiva recurrente que el fenómeno de la vida ha utilizado una y otra vez, creando así sociedades cada vez más complejas e intrincadas: desde cromosomas, pasando por células, luego por organismos pluricelulares y terminando por sociedades complejas. Todo gracias a la capacidad de la diferenciación polimórfica, que es el equivalente biológico a la división del trabajo.

Con estos ejemplos hemos establecido que la división binaria entre machos y hembras no es—para nada—la única vía natural en que las especies se dividen el trabajo. La naturaleza se nos presenta con ejemplos donde puede haber más de dos formas biológicas dentro de una misma especie.

Ahora, para ser honestos, es cierto que una mayoría de los animales “superiores” presentan sólo una división binaria (es decir un dimorfismo sexual: hembras y machos). Pero ¿por qué?

Bueno, la evolución tiene una regla bastante sencilla: “para llegar a algo complejo se tiene que atravesar primero por algo simple”. Alcanzar tres, cuatro o cinco formas biológicas debe ser complicado para una especie, pero “dos” es el número plural más fácil de alcanzar ¿cierto? Podemos imaginar que la mayoría de los caminos evolutivos de la vida han sido primero capaces de llegar a la división binaria, al dimorfismo, porque es el más fácil de conseguir. El dimorfismo es tan común que ha aparecido independientemente en animales vertebrados, en invertebrados y hasta en las plantas. Cada uno de estos grupos ha concurrido en el dimorfismo por caminos independientes. Entonces:

El dimorfismo es fácil de alcanzar, por eso es abundante, pero ahí no acaba la cosa…

Podemos imaginar que unas cuantas especies no se detienen en dos y continúan con una serie de pasos evolutivos hacia la complejidad. El dimorfismo inicial y común se utiliza como punto de partida, para luego crear una tercera casta. Tomemos por ejemplo a las abejas trabajadoras: las trabajadoras son hembras en sus cromosomas pero, por su nutrición, adquieren una anatomía y comportamientos distintos a los de la reina; incluso tienen habilidades reproductivas diferentes (la reina puede producir hembras, machos y trabajadoras; las trabajadoras sólo pueden producir machos en ciertos casos).

Nota mental: Muchas veces me he preguntado cómo sería el desarrollo de un lenguaje dentro de una colonia de abejas… ¿tendrían tres tipos de pronombres?

En fin, ¿qué sigue para las abejas? No lo sabemos, pero siempre podemos voltear a ver a la fragata portuguesa. Sabemos que la diferenciación polimórfica no necesariamente se detiene en dos, ni en tres, sino que puede continuar y parece ser una tendencia natural evolutiva, tal vez rara, pero definitivamente existente y natural.

Vale… las abejas y una medusa que parece más bien salida de la película del ciempiés humano. ¿Eso qué tiene que ver conmigo?

Bueno, las reglas de la evolución son exactamente las mismas para todas las especies de seres vivos, incluido el ser humano. ¿Cuál es la regla?: que todas las especies tienen una tendencia a cambiar, hacia jamás mantener los patrones establecidos (en ningún aspecto). Para los seres humanos, nuestro patrón establecido—en términos de polimorfismo anatómico—es el dimorfismo sexual y, pues, lo único que podemos esperar es que existan tendencias naturales (en forma de mutaciones) que lo impulsan a cambiar.

Existe otra regla interesante a este respecto: Las mutaciones son un fenómeno probabilístico y, mientras más abundante sea una especie, más probabilidad tiene de desarrollar mutaciones y cambios evolutivos. Bueno, pues, somos siete mil millones de seres humanos en el planeta, así que somos seguramente el vertebrado con más probabilidades de desarrollar cambios evolutivos de cualquier tipo.

Así pues, aunque usted no lo crea, la especie humana presenta ya algunas variaciones primordiales, poco frecuentes, que se asoman tímidamente como estas tendencias polimórficas construyéndose sobre nuestro dimorfismo sexual. Es la tendencia natural de la vida: mutar hasta convertirse en sociedades más complejas, más diversas.

Los determinantes de nuestro sexo son ya polimórficos, no únicamente dimórficos, no únicamente binarios.

Es muy cierto que tenemos una aplastante mayoría en sólo dos formas (hombres y mujeres); pero aquí está el meollo del asunto: la existencia de una mayoría implica la existencia de minorías. Y, si existe una especie capaz de generar estas minorías esa debe ser la especie humana, gracias a nuestro enorme éxito en conquistar el planeta.

Posiblemente, en la historia de las abejas y las fragatas, los polimorfismos también comenzaron así, como mutaciones poco frecuentes, raras, antes de convertirse en una regla. La evolución así funciona: primero aparecen las mutaciones raras, luego adquieren funcionalidad, luego proporcionan ventajas y luego se hacen abundantes y “normales”. No hay que olvidar que las rarezas y las divergencias son la clave de la evolución y los seres humanos tenemos nuestras rarezas.

Los seres humanos tenemos polimorfismos raros (poco frecuentes) en todos los niveles que determinan al sexo, empezando por el nivel cromosómico, siguiendo por el nivel anatómico y terminando por el nivel cerebral. Les hemos dado diferentes nombres: anormalidades cromosómicas, personas intersxuales, personas transgénero. Les hemos clasificado como errores, como enfermedades, pero… qué tal si son tan sólo la consecuencia necesaria de nuestro éxito reproductivo, la voluntad imparable de la evolución hacia crear, siempre crear.

¿Qué significa todo esto?

La clasificación binaria de nuestros sexos está incompleta y la realidad es que existen muchas más posibilidades biológicas. Si bien la clasificación binaria es válida para una aplastante mayoría humana, esto no justifica la creencia en la “antinaturalidad” de las variantes. Al final, la clave de la evolución y la última supervivencia de una especie están en la conservación de las variaciones raras que ocurren de manera espontánea y SIEMPRE natural.

En V.C. no queremos que se olvide que la ciencia fue creada por y para libres pensadores. Cuestionar los establecimientos es parte esencial del método científico. La ciencia cuestiona a la ciencia todo el tiempo. Así que te invitamos a imaginar siempre respuestas alternativas para todo lo que alguna vez te han enseñado… ¡descubrirás un mundo maravilloso!

Referencias

Haldane, J.B.S., 1927. The future of biology. Possible Worlds.

Markus, K., 2016. How ants send signals in saliva. eLife, 5. Link:

¿Qué es el género y cuántos géneros hay?

Te reto a que hagas un experimento imaginario (si lo quieres hacer en la vida real, también está bien): Imagina que estás enfrente de tus amigos o tu familia y comienzas a hacer los ademanes estereotípicos del sexo opuesto (si eres hombre imagina que mueves tus manos y tu rostro como una mujer y, si eres mujer, pues como hombre). Ahora imagina la reacción de tus espectadores, ¿se rieron?, ¿se escandalizaron?; si tu pareja estaba en la audiencia, ¿te echo una miradita desconfiada? Después de ver sus reacciones, ¿Te dan ganas de seguir comportándote así… o mejor pararle?.

Quiero que reconozcas que tu cuerpo era físicamente capaz de hacer esos movimientos; que no existió ningún impedimento biológico para que movieras las manos de una u otra forma. El único posible impedimento aquí era el impedimento social.

Ahora vamos a hacer otro experimento imaginario, esta vez, las mujeres se van a imaginar que orinan de pie y los hombres que menstrúan. Resulta más difícil de hacer ¿cierto?, porque aquí hay un impedimento biológico. Podríamos entonces estar de acuerdo en que existen impedimentos biológicos e impedimentos sociales a tus capacidades humanas.

Pues bien, la Organización Mundial de la Salud dice que “el género son todas las características que una sociedad construye para hombres y mujeres: normas, roles y relaciones dentro y entre los grupos de hombres y mujeres. Varían de una sociedad a otra y pueden cambiar”[1].

Aquí quisiera agregar—tras los resultados de mis experimentos imaginarios—que el género es un conjunto de restricciones sociales al comportamiento natural de los individuos, que cumple la función de exaltar las diferencias entre los sexos. El sexo siendo entonces el conjunto de características y capacidades naturales de las personas, en función de un fenómeno biológico presente en muchas especies animales: El Dimorfismo Sexual.

Creo que aquí es donde la cosa se pone interesante, los términos se hacen ambiguos y los ánimos se calientan a la hora de entrar en definiciones. Y esto es sólo culpa de las sinonimias que se han desarrollado en nuestro lenguaje cotidiano. Piénsalo, si tuvieras que llenar un formato del gobierno te podrías encontrar de manera indiferente con cualquiera las siguientes preguntas y sus respuestas:

Sexo (H) (M)… ó… Sexo (M) (F)… ó… Género (H) (M)… ó… Género (M) (F)

Nota: ¡H y M no significan Hembra y Macho!

El crimen de los formatos gubernamentales y los coloquialismos ha sido usar estas dos palabras distintas de manera indistinta. Cuando en realidad “sexo” y “género” son dos fenómenos distanciadísimos en la evolución de las mentes y las sociedades. Verás, los perros y los gatos—y los pájaros Kookaburra (por lo que a todo esto respecta)—tienen sexos; ellos nacen con estructuras anatómicas e instintos peculiares a su sexo, es decir, tienen dimorfismos sexuales en sus cromosomas, en sus anatomías y hasta en sus cerebros. Los humanos también nacemos con sexos, pero por encima de estos sexos construimos géneros en nuestro afán por que las cosas que son diferentes sean BIEN diferentes. A nuestro cerebro parecen agradarle los patrones discretos, y parece que los espectros infinitesimales de grises nos confunden, ¡vaya!, ni siquiera los alcanzamos a distinguir bien. Entonces, nos gusta forzar las diferencias, para que queden “bien claritas”.

Aunque—que no se me malinterprete—pienso que si bien nuestros constructos pueden volverse contra nosotros mismos—como al confinar nuestras libertades—también creo que existe una abrumadora belleza en las invenciones humanas, como cuando se superan las reglas naturales. Unos humanos querían volar, pues volaron. Unos humanos querían comunicarse con otros al otro lado del mundo, pues se comunicaron. Unos querían cambiar el género que fue construido para ellos (y hasta las características sexuales que la naturaleza les dio), pues lo hicieron.

“Oye, que eso no es género”, “Que el género es XX y XY y si crees lo contrario estás demente” “Que Dios creó al hombre y a la mujer para R.E.P.R.O.D.U.C.I.R.S.E”. “Que el género es natural y no es una construcción”

Si vale, entonces, si quieres, le cambiamos de nombre. Vamos a ponerle “Blénero” a un fenómeno que indiscutiblemente existe: los seres humanos crean (inventan) reglas de comportamiento (restricciones) que exacerban las diferencias entre las dos formas sexuales prevalentes en nuestra especie. La existencia de esta construcción social es indiscutible, cualquiera que sea el nombre que le demos. Pero, caray, si ya existe la palabra “sexo” para los dimorfismos sexuales, ¿para qué queremos que el “género” sea su sinónimo? Dejemos entonces que “género” denote la construcción social y, “sexo”, la naturaleza biológica (*).

Estando de acuerdo en esto del género es indiscutible su existencia como fenómeno social y también indiscutible su carácter de invención, por tanto, también su capacidad de expansión hacia nuevos horizontes alejados de las restricciones biológicas. Y, la verdad, es que no hay que ir muy lejos hasta el horizonte, puesto que los “otros” géneros ya estamos aquí. Somos quimeras básicas—porque con quimeras es que nuestra imaginación funciona—individuos de un sexo que se presentan como si fueran del otro, o de ninguno, en fin, una combinatoria básica de sumas y restas en partes de nuestro quehacer social.

 Así pues, el género es nuestra invención y comparte con las invenciones humanas una diversidad exquisita. Si nos lo permitimos, podemos inventar cuantos géneros se nos dé la gana. Si podemos imaginarlo, entonces podemos inventarlo. ¿Que cuántos géneros hay?… Todos los que queramos.

Aquí en Vínculo Colectivo creemos que el cambio es benéfico para las sociedades. Si cada uno de nosotros es capaz de expandir los propios conceptos, entonces comprenderemos mejor al mundo y seremos más capaces de caminar hacia el futuro juntos.

(*)Escena postcréditos:

Resulta que ni siquiera nuestro dimorfismo biológico es binario; lo que existe es un polimorfismo (es decir, con más de dos formas): en los cromosomas, en las anatomías y en los cerebros. Esto en otro artículo… más denso.

(No te pierdas “¡Ni la biología es binaria!”, próximamente)


[1] https://www.medicalnewstoday.com/articles/232363.php