En tiempos de la COVID-19 anhelamos la normalidad ¿Pero qué define la normalidad?

Por: Psic. Jacob Ortega 

Twitter: @lejacoboy

Hace dos meses que estoy trabajando desde mi casa, escribo, doy consulta y traduzco desde mi computadora y sólo cambió las playeras por camisas los días que tengo consulta. Al igual que casi todo el planeta, estoy en cuarentena y lo que se espera es que sólo salga para las actividades más esenciales, cosas como ir a comprar comida, ir al médico (sólo si es muy necesario) y en mi caso sacar a pasear a mi perro, lo que por cierto se ha convertido en uno de los momentos del día que más atesoro. La mayor parte de mis interacciones son por conversaciones de whats app, llamadas telefónicas, videoconferencias o las actualizaciones de mis amigues en redes sociales. 

¡Qué raro es todo esto! Pero también es verdad que ya antes del COVID-19 seguido pasaba tiempo platicando con mis amigues por Whatsapp, leo mucho desde la tablet y me entero de cursos y actualizaciones a través de varias plataformas incluido Facebook  y eso que yo soy “de los que usa poco el celular”. Quizá la cuarentena es algo de primera vez, pero no estoy tan seguro de que el distanciamiento social sea algo nuevo. Hace ya muchos años que la tecnología y las redes sociales han venido fomentando la distancia física entre los seres humanos. 

Aún así, la verdad es que soy afortunado. Muchas personas se enfrentan a situaciones muy complejas, las economías del mundo resienten el confinamiento, los sistemas de salud se ven sobrepasados. Hay personas que han perdido a sus seres queridos y como si esto no fuera ya suficientemente difícil, ni siquiera pueden estar a su lado en los últimos momentos. 

Ante este escenario muches de nosotres nos preguntamos por la idea de normalidad, por el momento en que las cosas “volverán a la normalidad” o bien cómo será la nueva normalidad. Quizá el Dr. Pacheco-Vega tiene razón cuando dice en un tuit que “El orden mundial ha cambiado. Las interacciones y las relaciones humanas, la arquitectura institucional y la cadena de producción global. Todo ha cambiado. Por si no se han dado cuenta esta pandemia ya transformó nuestro planeta…”   Yo creo que “este nuevo mundo” no va cambiar en sus formas fundamentales, pero sí en suficientes aspectos para requerir ciertas adecuaciones. 

Bajo esta lógica, la vieja normalidad sería aquella en que los sistemas de salud y los gobiernos no están preparados para enfrentarse a situaciones como la causada por la COVID-19, en contraste una nueva normalidad es básicamente igual a la vieja normalidad, pero ahora sí estamos preparados para hacerle frente a pandemias globales.       

Seamos un poco juguetones entonces y preguntémonos si la nueva normalidad entonces viene a cambiar aquello que estaba equivocado, al tiempo que conserva todo lo que funcionaba bien con la “antigua normalidad”. Pero si la antigua normalidad estaba mal, ¿entonces porque decidimos llamarle “normal”? Ahora si la nueva normalidad es distinta de la antigua normalidad, entonces ¿cómo podemos decir ya desde este momento que estamos instalados en la “normalidad?

¿Qué define la normalidad?

Entonces estamos en una posición que puede parecer harto contradictoria, por una lado, queremos que las cosas vuelvan a ser como eran, al tiempo que esperamos que no. Queremos regresar al mundo antes de la COVID-19, pero también deseamos que cambie. Queremos volver a la normalidad, pero en el fondo la mayoría de nosotres sabemos que más que un regreso, es un nuevo comienzo.  La nueva normalidad significa que la mayoría de nosotres hemos de regresar a  algo muy parecido a lo que estábamos haciendo antes de que todo esto comenzara, pero que con un esfuerzo colectivo nuestra sociedad habrá cambiado para mejorar, al menos parcialmente y que esto es necesario para la supervivencia de nuestras comunidades.  

¿Entonces, sirve de algo hablar de normalidad?

Aunque la normalidad con toda  su polisemia pueda ser difícil de atrapar, al menos su uso es en parte sencillo; lo normal es seguro, es familiar, nos permite saber qué esperar y qué se espera de nosotres. En consulta un tema más o menos recurrente es el de la normalidad y en las últimas semanas, el asunto de qué va a pasar ahora que “se termine todo esto”. Hay un deseo bastante extendido, de regresar a esas formas, mundos y espacios, por los que se había aprendido ya a navegar y cuyos vericuetos, salidas y atajos conocemos. Tenemos, como dicen los brasileñes, saudade por la normalidad, nostalgia, homesick y es que no es raro caer en la “trampa” de que todo tiempo pasado fue mejor. 

Cuando se trata de definir la normalidad, muchas personas suponen que se comienza pensando en una idea de lo que es normal y sólo después de cierta reflexión es que definimos aquello a lo que llamamos anormal. ¿Pero y si fuera justamente al revés? Quizá lo primero que experimentamos es lo extraño, lo que causa displacer o cierta incomodidad y sólo entonces es que empezamos a pensar en un momento previo, en uno en el que nos sintiéramos cómodes, libres de la ansiedad. No comenzamos en la normalidad y luego a partir de ahí categorizamos todo lo que es disruptivo de esa normalidad, al contrario, primero chocamos de frente con todas esas cosas que experimentamos instintivamente como anormales y después motivados por el disconfort intentamos construir una norma que resuelva nuestra ansiedad. Luego buscamos esa normalidad en “el pasado” para poder nombrarla como nuestra normalidad. Después de todo, buscar en el pasado, en los pasos dados por quienes fuimos o por una humanidad que nos antecede, se antoja mucho más sencillo que lidiar con el esfuerzo que supone el proceso creativo. No empezamos de cero, viajamos de regreso a lo conocido. 

En pocas semanas, tal y como lo ha venido anunciando en Gobierno Federal vía la Secretaría de Salud, mi vida volverá “a la normalidad”. Otra vez veré pacientes en el consultorio, iré a revisar documentos en la oficina, usar camisas planchadas a medias en el gimnasio y  encontrar tiempo para escribir por las noches.

Los comercios de todo tipo volverán a abrir, quizá algunos no sean tan afortunados, para muches las cosas seguirán iguales, porque en realidad nunca pudieron darse el lujo de dejar de trabajar o trabajar desde casa, muches habrán fallecido en las salas de cuidado intensivo y todes tendremos que seguir haciendo lo necesario para seguir adelante, para comprar comida, pagar las cuentas, etcétera. Mientras más cosas cambian, más parece que permanecen inalteradas. 

Todes tendremos que seguir enfrentando retos para los que no estamos preparades, el invierno quizá nos fuerce a volver a estar en cuarentena, el  personal médico, enfermeres y demás personas dedicadas a la salud seguirán haciendo todo lo que esté en sus manos, ayudándonos a sobrevivir, dándonos aliento y esperanza (Gracias especiales a todes ustedes).

Nuestra existencia colectiva y nuestra memoria histórica nos recuerdan que a pesar  de los enormes retos que enfrentamos en lo individual y en lo global, que siempre volverá a haber otro día y que las cosas siempre volverán a la normalidad.

Quizá si hay algo que aprender de todo esto, una lección por recordar (porque la hemos aprendido ya tantas veces), tiene que ver no con lo que entendemos por normalidad, sino en nuestra insistencia en decir que las cosas volverán a ella, -a la normalidad. No se puede conocer con absoluta certeza lo que nos depara el futuro, quizá por eso preferimos la familiaridad de ciertas expresiones, del tiempo pasado que siempre fue mejor, pero no hay duda que sin importar que nos depare ese futuro, está ya a la puerta esperando por nosotres.