El #MeToo no es suficiente

Confieso que me tiemblan un poco los dedos mientras escribo, por demás he sido advertida sobre los riesgos de expresar públicamente mis puntos de vista sobre este tema, ya bastante sensible por sí mismo como para que yo llegue a remover las aguas, pero aparentemente me gana la imprudencia. El “Me Too” tiene ya un tiempo de haber surgido y ha cobrado cada vez más fuerza en días recientes. Para quienes no sepan de qué hablo, es un movimiento de denuncia por parte de las víctimas de alguna clase de acoso sexual, cuya intención es hacer visible la incidencia de estas experiencias, ya que probablemente muchas personas no saben lo frecuente que es para gran parte de la población del mundo. Aunque ha habido bastantes hombres reportando distintos tipos de acoso, no necesito especificar que obviamente la mayoría de los reportes vienen de mujeres y ahí es donde comienza el problema.

Éste es un tema que sólo genera enojo y tristeza, nadie está contento con la situación, quienes reportan los acosos y abusos lo hacen desde un frente por demás complicado, encontrando algo de fuerza en los números e intentan mostrar la situación que enfrentan día con día. Por otro lado tenemos a quienes se enteran de las denuncias y responden molestos, indignados, frustrados, incrédulos… Nadie sabe muy bien qué hacer con esto. Un día tienes un actor favorito al que aprecias y admiras, al siguiente te enteras de que ha hecho cosas abominables, uno tras otro van generando cascadas de decepción. El trago amargo es fuerte, tiene todo el sentido que no siempre sea fácil de pasar o de aceptar, nos quitan de golpe la venda de los ojos y en verdad hay ocasiones en las que es demasiado abrumador, yo muchos días deseo poder volver a épocas anteriores en las que vivía en una ignorancia más pacífica.

Y luego tenemos lo espinoso de las denuncias falsas, claro que existe, seguramente en muchas más ocasiones de las que se pueden contar. El dilema es ¿cómo manejamos eso? Si no verificamos las acusaciones, puede que en muchas ocasiones estemos condenando a inocentes. Por otro lado, si cuestionamos a las personas que denuncian, disminuimos la probabilidad de que otras se atrevan a hacerlo y potencialmente estamos dejando a una víctima a merced de su abusador. De nuevo entonces ¿Cómo se resuelve esto? Porque la opción que no es viable es la de resignarnos y seguir como hemos estado por milenios, al menos no en mi visión de las cosas.

Llevo un muy buen rato masticando la situación, viviéndola al lado de pacientes, estudiantes, amistades y en carne propia. Observando constantemente el resultado que mencioné al principio, éste movimiento sólo tiene a todos tristes y enojados, he presenciado el nivel de desgaste emocional que conlleva adentrarse en el ambiente intrigoso de las denuncias, tenemos heroínas y héroes sin capa allá afuera, peleando batallas exhaustivas todos los días, buscando regalarnos seguridad y paz a todos los demás, créanme cuando les digo que está costándoles un pedacito de su alma cada vez. Con riesgo de ser crucificada por lo siguiente: en verdad creo que el Me Too no está funcionando por sí mismo, requiere apoyo, algo más que le ayude a encontrar respuestas trascendentes y permanentes, la denuncia es excelente, crea consciencia de lo que está ocurriendo en el mundo, pero si quedamos sólo en eso, el proceso está incompleto. Llámenme idealista y loca, pero creo que la verdadera solución radica en un lento proceso de desarrollar empatía y crecer juntos como sociedad hacia una cultura respetuosa de todos, indistintamente de sus cualidades humanas.

El Me Too es un excelente primer paso, no podemos seguir aceptando ni condonando el acoso y el abuso. Pero si volteamos a ver algunos de los efectos colaterales que está ocasionando, es más fácil notar que en verdad son necesarias acciones adicionales. La denuncia está logrando y va a lograr que muchos de estos actos violentos disminuyan o hasta se detengan, lo cual por supuesto, es excelente. Pero ¿sabemos por qué lo logra? Quien me esté leyendo y se identifique como feminista seguramente ha notado la respuesta de enojo que el movimiento está generando en muchos hombres, aquellos que sean (o se crean) completamente inocentes, perciben la posibilidad de ser acusados injustamente como una clara amenaza y les preocupa; en el otro extremo están quienes probablemente llevan toda su vida cometiendo estos actos y ni siquiera logran comprender por qué está mal lo que están haciendo, ni van a comprenderlo. Esto no los exime de responsabilidades, pero tampoco debería ser un fenómeno que pase desapercibido.

Mi propuesta, por contraintuitiva que parezca, es voltear hacia los hombres y verlos como un grupo afectado más; antes de que me busquen para arrojarme huevos en la calle, permítanme explicar. Tenemos casos (de renombre y extensión en la lista de víctimas) que dejan claro que están más allá de cualquier capacidad de comprensión, arrepentimiento o redención. Sin embargo, creo en verdad que el resto de nuestra población es perfectamente susceptible a comprender y detener conductas que simple y llanamente jamás han percibido como violentas o inapropiadas, debido a que han pasado toda su vida inmersos en una cultura que valida y fomenta el acoso sexual y la violencia de género como formas aceptables de comportamiento masculino. En breve resumen, sería bueno que comprendiéramos que a muchos no les han avisado a tiempo o con claridad suficiente que ciertas conductas dañan a quienes les rodean. Es la enorme diferencia entre ver a los hombres como agresores innatos o como seres humanos desinformados.

Y si, yo lo sé compañera feminista, en este momento te estás preguntando “¿y por qué tendría yo que ir a educar sobre lo que es acoso y no se debe hacer?”. Sólo tengo una frustrante respuesta para ti: porque tú lo puedes ver. No podemos esperar que alguien descubra por sí mismo algo que no le enseñaron en casa, ni en la escuela, la calle, los medios o en cualquier otra parte. Tú que lo ves, seas hombre o mujer, puedes cambiar el mundo un comentario a la vez, muchos sólo van a necesitar que se les explique en una sola ocasión que algo no está bien para no repetirlo por el resto de sus días, para que se convierta en una cadena de empatía y curación cultural en la que podamos comprender la posición del otro y terminar con esta división de géneros que tiene a la humanidad partida en 2.

Mi petición desesperada para los hombres es: por favor entiendan, muchas de verdad vivimos situaciones de acoso tan seguido que en un mes, en una semana o hasta en un día podríamos perder la cuenta, nos cansa, nos desgasta y nos desalienta. Por favor comprendan ese enojo a veces desbordado porque no ha bastado con hartarnos de llorar. A las mujeres, a mis hermanas, les imploro que intentemos recordar que ellos son también nuestros hermanos, que no son el enemigo, que merecen el beneficio de la duda y la oportunidad de aprender a ser amables con nosotras y con ellos mismos. Porque lo merecemos todos, porque la humanidad lo vale, para unirse, acompañarse y ayudarse… porque nos estamos quedando cada vez más solos y a veces se nos olvida que el otro es el único apoyo que tenemos.