México, ¿me prestas mi cuerpo?

El día que anuncié que quería perforarme el ombligo, encontré una serie de respuestas “interesantes” en las personas que me rodeaban. Hubo quien me dijo que no debía hacerlo porque mutilaría mi cuerpo para siempre, dañándolo de manera irremediable, hubo también quien me dijo que debía preocuparme la imagen que iba a dar, ya que los ombligos perforados al parecer son banderines promocionales de la promiscuidad sexual (de haber sabido que era así de fácil). Lo más curioso fue encontrar a ese último sector que con entusiasmo me comunicó que yo no tenía el cuerpo como para perforarme el ombligo. Según yo, el único cuerpo que necesitas para perforarte el ombligo, es uno que tenga un ombligo. Por supuesto, también hubo muchas personas a las que la idea les agradó y apoyaron mi decisión, 12 años después, acabo de comprar una pieza nueva, es rosa, brillante y feliz. Lo relevante de la historia y lo que debería inquietarnos a todos no es encontrar quién tenía la razón, si no que ninguno de esos argumentos fué solicitado, la facilidad con la que la gente se siente en libertad de opinar y hasta de intentar imponer dichas opiniones sobre el cuerpo de los demás, debería aterrarnos.

El tema del aborto es la punta del iceberg que nos enseña la fea cara de una cultura en la que constantemente creemos que el cuerpo, las decisiones y la vida de los demás, están sujetos a revisión, si, a NUESTRA revisión. Interrumpir un embarazo no le gusta a nadie, no es un tema del que nos guste hablar, no se recuerda con disfrute y no se busca por placer. Interrumpir un embarazo es una necesidad de salud y bienestar, tanto para la mujer que lo hace como para la sociedad a la que pertenece. La mujer que decide no conservar un embarazo lo hace para cuidar de ella misma, pero a la vez, está cuidándonos a todos. Si se pretende imposibilitar la autonomía de las mujeres, la sociedad encontrará un límite muy claro: puede forzar a una mujer a parir, pero no puede obligarla a ser madre, no quiero extenderme con las estadísticas e historias de niños abandonados y maltratados que evidencian que nadie, ni hombre ni mujer puede ser forzado a ser madre o padre. Cuando una mujer decide no conservar un embarazo, actúa por su beneficio y el de la sociedad a la que pertenece, ya que claramente no es un grupo que sepa hacerse cargo de los pequeños que son abandonados, si así fuera, encontrar niños en disponibilidad de adopción sería más esporádico que ver lluvias de estrellas, los miles de pequeños esperando por la oportunidad de pertenecer a una familia son claro testimonio de que nuestra sociedad no sabe manejar las consecuencias de los partos forzosos que ocasiona.

Si encontramos juntos la manera de respetar el cuerpo de los demás, las decisiones de los demás y la vida de los demás como propiedad privada, podríamos comenzar a ponerle solución a este problema. Ojalá hubiera una forma de explicar lo ofensivo e irracional que suena cuando mi país y mi gobierno me insinúan que mis decisiones reproductivas no son mías, ojalá pudiera explicar lo frustrante que es saber que no existen anticonceptivos infalibles, que la mayoría de las mujeres que busca utilizar entonces un método quirúrgico permanente no encuentra apoyo por parte del sistema de salud, que pedirle a los hombres que por favor utilicen un condón a veces pareciera peor que escupirles en la cara  y que, con todo esto, la conclusión termina siendo “si no te quieres embarazar, entonces cierra las piernas”. Una vez más, aquí lo importante es que para el mundo, yo no soy dueña y señora de mí misma.

Pero lo soy, mi cuerpo es mío, mi vida es mía, cuido de él lo mejor que puedo y no es mi intención afectar nunca a terceros. No soy la única, las mujeres somos así, los humanos somos así. Quiero un país y una sociedad que me dé la educación que necesito desde joven para cuidar mi vida sexual, quiero poder ser plena, sana y feliz, quiero que se comprenda que nada es infalible y que si no deseo parir, se respete, quiero que acepten que no todas queremos ser madres y por encima de todo: quiero un país, un gobierno y una sociedad que me diga que mi vida vale más y es más importante que la posibilidad de vida que implica un embarazo.

Quiero un mundo en el que la vida de las mujeres sea más respetada que los embarazos no planeados. No podemos permitirnos ir hacia atrás, no podemos aceptar decisiones políticas que sólo nos traerán muerte. Un mundo que nos dice que es más importante conservar un embarazo que nuestras propias vidas no es uno al que quiero pertenecer y no es el que le deseo a las mujeres por venir. La lucha para legalizar la interrupción del embarazo no puede frenar y no puede detenerse, tenemos que convertirnos en un frente unido, un muro verde que rechace por completo la continuación del abuso sistematizado que ejerce la sociedad sobre nosotras. Dejemos de permitir que se nos trate como ciudadanas de segunda clase, mi vida importa, tu vida importa y todo lo que quieras hacer con ella debería ser prioridad para tu país. México, nosotras también somos parte de ti, si no puedes ofrecerle los mismos derechos a toda tu gente, el privilegio de género no ha terminado.

Así que lo pregunto: ¿me vas a dar el derecho de decidir sobre mi cuerpo y mi vida o ese es un derecho reservado para sólo una mitad?